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LA MISMA GATA

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Microcuentos

El desierto (Fragmento)

EL GRANO DE ARENA
Hay un grano de arena en el desierto. El viento lo ha llevado muchas veces de un lado a otro. Es tan antiguo tan fino y tan pequeño que es casi eterno,  ha reflejado millones de rayos de sol; abriga seres diminutos que volverán a la vida cuando caiga una gota de lluvia. Algunas veces ha viajado en camello, otras se ha envuelto en el pliegue de un vestido. No se sabe si guarda memoria de sus andanzas pero guarda la vida.
Conoce cada estrella y cada camello. Algunas veces ha saltado en calabazo con leche agria y después de una húmeda odisea ha vuelto a la tierra.

LA TORRE

Hay una torre que se eleva sobre el desierto, es un antiguo monumento. Hay un  pozo seco y un cuenco vacío. Allí habita un espíritu que todavía no ha partido. No conoce otro mundo; hace tiempo olvidó para qué servían el cuenco y el pozo.
Para él son parte del paisaje como la arena y las rocas. No recuerda que en su juventud ayudó a colocar las piedras del brocal y saciaba su sed en el cuenco. No recuerda que estaba en la torre para observar la llegada del enemigo. Ahora cree que está preso porque hace siglos alguien colocó una cadena en sus tobillos.

 
EL POZO
Los pequeños espíritus del pozo se callaron cuando el agua se secó. Al principio se refugiaron en el musgo, después penetraron en las piedras y ahora algunos viven en los granos de arena.
El pozo sabe que si tuviera agua volverían los bulliciosos espíritus que murmuran, los brillantes espíritus que reflejan las imágenes, los espíritus verdes que fabrican el musgo y los frescos que sacian la sed. Volvería aquel grande y silencioso que constituye el misterio del pozo.

EL CUENCO
Ahora el cuenco sabe que todo el bullicio venía del pozo, de la gente que venía por agua; ahora sabe que todo su movimiento y trajín se lo debía a las manos que lo llenaban de agua. Ahora ha desaparecido el último rastro de humedad y comprende que su brillo tampoco le pertenecía.
Ahora el cuenco seco y polvoriento se siente humilde.

LA CADENA
Hace tiempo dejó de moverse la cadena, con la vida de su prisionero perdió su propia vida. En un tiempo se creyó viva, como una serpiente, seguía los movimientos de la piel con cierta gracia, su propio sonido le agradaba. Entonces el óxido no se atrevía a cubrirla. Ahora el óxido ha llegado a abrir los anillos, pero ya no hay tobillos que puedan liberarse.

Myriam Prieto
Bogotá
1970

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